Cómos: Errores más frecuentes a evitar ·4.1 - Inacción por posibles dificultades
·4.2 - Desconocimiento de la realidad
·4.3 - Inadecuado enfoque de la realidad
·4.4 - Inadecuado enfoque del tabaquismo
·4.5 - Inadecuada realización de las actuaciones
Inadecuada realización de las actuaciones

A. No se informó a los trabajadores con suficiente antelación

La mayoría de las personas necesitamos tiempo para asimilar los cambios que deben producirse en nuestra manera habitual de actuar. Gran parte de los enfados de la vida cotidiana derivan, no propiamente de qué se decide, sino de lo poco que se ha contado con uno y del poco margen con el que se comunica lo decidido.

Lo mismo ocurre en el campo del tabaquismo pasivo. Cuando se ha estado actuando durante años de una manera determinada (fumando en unas circunstancias laborales concretas, en este caso), aunque se vea razonable –incluso, deseable– que las cosas cambien, la mayor parte de las personas presentan una cierta inercia inicial para enfrentarse a los cambios. Esto no implica que los cambios deban ser graduales (habitualmente no deberán serlo); sólo quiere decir que las personas necesitan tiempo para ir haciéndose a la idea de cuáles son las nuevas circunstancias.

Mucho antes de implantar cualquier restricción, los empleados deben saber que se está estudiando el tema del humo del tabaco y que se va a elaborar un Plan. Es conveniente que nadie pueda –fundamentadamente– referir sorpresa ante el anuncio de medidas al respecto, independientemente de cuáles sean éstas.

Además, la fecha de entrada en vigor del Plan, y de las diversas medidas, debe ser conocida con suficiente antelación, mediante anuncios, carteles, charlas y, sobre todo, la adecuada señalización. Suficiente antelación implica al menos un mes; habitualmente más espacio de tiempo.

No tiene mucho sentido, por ejemplo, que los trabajadores que se incorporen de vacaciones el uno de septiembre, se enteren ese mismo día de que su empresa es libre de humo, medida que se comunicó a principios de agosto. O que haya todo un sector de la empresa a quien no se comunicaron las medidas porque el responsable al respecto estuvo de baja la semana correspondiente.

B. No están absolutamente separadas las zonas de fumadores y no fumadores

Definir un espacio como Espacio Sin Humo no implica necesariamente que no se fume en él bajo ninguna circunstancia. Espacio Sin Humo significa que todos los sitios por los que un no-fumador debe moverse en ese lugar (sea éste un local, una empresa, un municipio, etc.) están libres de humo de tabaco. Es decir, el no-fumador nunca deberá necesitar atravesar –o entrar en– lugares con ACHT.

Aunque en teoría es posible deslindar perfectamente los espacios dedicados a fumadores y no fumadores, en la práctica no siempre es fácil. Es más, salvo que haya un empeño especial, puede ser complicado evitar que el aire de las zonas en las que esté permitido fumar no llegue a alguna zona del resto de las instalaciones. Esto puede requerir sistemas de aislamiento, de corrientes de aire o de presiones específicas y, en ocasiones, sistemas de ventilación independientes, como en el caso de que exista aire acondicionado centralizado.

Inadecuada realización de las actuaciones

La adquisición o adecuación de estos sistemas conlleva unos costes adicionales que hacen menos favorable para la empresa el balance costes-beneficios de las medidas destinadas a implantar lugares específicos para fumadores. Por este motivo, muchas empresas consideran más asequible y menos problemática la restricción absoluta de fumar en las instalaciones, medida que es la que habitualmente se acaba implantando, sobre todo, en las pequeñas y medianas empresas.

Cuando se comprueba que las zonas no están adecuadamente separadas, no hay otra alternativa que, o replantearse las restricciones (si la legislación lo permite), o separarlas adecuadamente. Si ninguna es factible sólo queda la restricción absoluta.

C. Las alternativas, tanto para fumadores como para no fumadores, pueden ser inadecuadas o inconvenientes

Puede ocurrir que se compruebe que la separación de zonas dé lugar a problemas no previstos, que exigen un replanteamiento de los lugares de separación o de las condiciones en las que ésta se produce.

En las zonas de fumadores lo más frecuente que ocurre es que estén saturadas. En ese caso deben mejorarse, en la medida de lo posible, sus condiciones ambientales.

Esta saturación ambiental puede deberse a que no se valoró bien el porcentaje de fumadores, a que se sobrestimaron las repercusiones de las restricciones, a que los fumadores tienden a juntarse en unas mismas horas, a que no se calcularon las necesidades de ventilación de la sala, o a otros motivos.

Si se decide crear espacios específicos en los que se pueda fumar, estos espacios no deben ser considerados –mucho menos, diseñados– como jaulas o celdas de castigo. Las áreas de fumadores no están concebidas con una finalidad pedagógica o terapéutica: deben reunir las mejores condiciones de ventilación y salubridad posibles; si no las reúnen, debe procurarse que lo hagan.

En relación a los no-fumadores, uno de los problemas más frecuentes es que las zonas de fumadores les resulten deseables o ineludibles; así, a veces ocurre que acuden a ellas, no por obligación, sino por razones de conveniencia.

Puede ocurrir que la sala de fumadores sea:

- Donde se “cuecen” las decisiones importantes de la empresa (quizá ahí se reúnan las personas claves de la dirección, de los sindicatos, etc.).

- Donde hay un mejor ambiente (donde se reúnen las personas más agradables o las menos desagradables).

Las soluciones en estos casos no son fáciles: lo único que se puede hacer es conseguir que las zonas de fumadores sean zonas exclusivamente para fumar, que no se transformen en salas de estar o convivencia.

D. Los primeros incumplimientos de la nueva normativa son pasados por alto y carecen de repercusiones

Todo tipo de medidas tienen un efecto disuasorio si su quebrantamiento acarrea consecuencias. Éstas no tienen porqué ser estrictamente materiales. Ya se ha señalado que en la planificación de la política debe hacerse constar expresamente el régimen disciplinario al que las transgresiones estarán sometidas valorándose éstas por los mismos criterios que regulan otro tipo de incumplimientos.

El miedo a aplicar las consecuencias es la causa más frecuente de que los incumplimientos carezcan de repercusiones. Este temor suele derivarse de no haber obtenido un mínimo consenso en el apoyo necesario para elaborar la normativa.

A veces ocurre que el incumplimiento es realizado por alguien de los intocables de la empresa (sea del estamento que sea). Esto resta autoridad moral a la normativa y a quienes consideran ineludible su incumplimiento.

La única prevención y solución de estos problemas es:

- Conseguir el apoyo de todos los estamentos implicados a la hora de establecer las medidas.

- No discriminar a la hora de aplicarlas.

E. Pensar que, una vez puesto en marcha, el Programa rodará sólo, por su propia inercia

Suponer que las medidas van a ser cumplidas simplemente porque han sido promulgadas y porque se basan en un amplio consenso, manifiesta una notable ingenuidad. Casi nunca ocurre así, y menos en las cuestiones relacionadas con las restricciones del tabaco, una sustancia que origina una gran dependencia y que socialmente sigue estando más o menos aceptada.

Esto ocurre aun cuando exista muy buena voluntad por todas las partes implicadas, que es lo que habitualmente ocurre y es lo que se debe presumir.

De aquí la importancia de la evaluación –el seguimiento– del Plan. La evaluación es, junto con la búsqueda de consenso y la labor informativa, una de las piezas claves para que las actuaciones se desarrollen y se acaben consiguiendo los objetivos. Pero además, estos elementos colaboran a que el desarrollo sea fluido, evitando grandes rozamientos o costes personales, que en ocasiones serán inevitables.

Como ya se ha señalado, en la fase de planificación del Programa debe concretarse cómo se va a realizar el seguimiento del mismo.

F. Pensar que es simplemente una cuestión de tolerancia

Inadecuada realización de las actuaciones

Este anuncio salió hace algunos años a página completa durante varios días en los principales diarios nacionales. Fue pagado por la principal compañía tabaquera mundial y pretendía evitar –retrasar– la implantación de medidas restrictivas frente al consumo de tabaco en el medio laboral.

Llama la atención porqué están esas personas en la calle. No hay duda de que, en cierto sentido, es la política la que les obliga a estar en la calle. Pero les obliga porque ellas quieren fumar. Si no quisieran fumar, nada les obligaría a estar en la calle. En cierto sentido, estas personas están en la calle porque ellas mismas quieren. Cabe plantearse la duda de si están en la calle porque, más que querer, necesitan fumar. Si lo necesitan, ya no son ellos quienes quieren: la necesidad de fumar les obliga a estar en la calle. Por ello, lo más razonable sería fijarse –poner el énfasis– en el poder que lleva a esas personas a arrostrar molestias y dificultades: su adicción. Nadie hace pausas en el trabajo y baja a la calle cuando en el trabajo se restringe que se lleve corbata, se lean comics, se ingieran semillas de calabaza, o se escuche FM, por poner algunos ejemplos absurdos.

Inadecuada realización de las actuaciones

El problema del tabaquismo pasivo (de los espacios contaminados por el humo del tabaco) no es una cuestión de tolerancia; sería todo más sencillo si así lo fuera. El problema es que fumar dentro de un espacio cerrado supone para quienes no fuman un riesgo de enfermedad. Este nivel de riesgo es mayor que el ocasionado por otros factores de los que habitualmente se ha considerado necesario proteger a los trabajadores y cuya exposición está regulada.

La tolerancia no nos impide regular el manejo de la radiactividad, no quedando éste al arbitrio de los investigadores. La tolerancia no nos impide controlar a aquellos con impulsos sexuales no aceptables por nuestra normativa social (pederastas o violadores, por ejemplo), sin pretender dilucidar si realmente son libres en la ejecución de sus tendencias o no. La tolerancia no nos impide intentar regular la emisión de residuos contaminantes aunque ello suponga mayor coste para las empresas. Es más, habitualmente consideramos como señal de intolerancia oponerse a que estas acciones citadas sean reguladas.

En tabaco aún nos falta perspectiva. Anteriormente la percepción era distinta y se permitía fumar en cualquier sitio. Esto se debía al desconocimiento del nivel de riesgo que comporta. Actualmente –pese el esfuerzo enturbiador de quienes tienen intereses económicos directos en el negocio– los riesgos están relativamente claros. Por ello, se restringe el consumo de tabaco allí donde terceras personas pueden verse afectadas.

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