Cómos: Errores más frecuentes a evitar ·4.1 - Inacción por posibles dificultades
·4.2 - Desconocimiento de la realidad
·4.3 - Inadecuado enfoque de la realidad
·4.4 - Inadecuado enfoque del tabaquismo
·4.5 - Inadecuada realización de las actuaciones
Inadecuado enfoque del tabaquismo

A. Falta de apoyo a los empleados que fuman y quieren dejarlo

El objetivo fundamental de la política de creación de una empresa sin humo es la promoción de la salud. Con ella no se pretende penalizar a nadie por el hecho de fumar. Por esto, lo lógico es que la política sea integral, y no se limite sin más a restringir o delimitar las zonas o las horas en las que se puede fumar.

Esta es la razón de que deba contemplar medidas de ayuda y apoyo para dejar de fumar para aquellos que deseen hacerlo. Esta posibilidad contribuye a facilitar y garantizar el respeto de quienes fuman a la política adoptada.

Aunque esta ayuda no es estrictamente necesaria, es conveniente en casi todos los casos y prácticamente imprescindible cuando existe un punto de inflexión en relación a las actitudes que se mantenían hasta el presente, cuando se empiezan a aplicar.

Si bien es cierto que la empresa no tiene por qué responsabilizarse de que los trabajadores estén en el lado equivocado (por describir de alguna manera la evolución de las percepciones sociales), a la empresa le compensa facilitar los cambios que redundan en su propio beneficio o en el de sus trabajadores, que es el suyo propio.

B. Pensar que lo mejor siempre es acudir a los servicios externos

Si se decide ofrecer ayuda a quienes pretenden dejar de fumar, lo lógico es intentar que la intervención sea lo más eficaz posible. Para ello, no es imprescindible acudir a servicios externos. Éstos pueden conferir a la intervención un cierto aire de algo extraordinario. Pero, por ello mismo, pueden presentar menor eficacia a largo plazo, precisamente por verse como algo que se sale de lo normal.

Quienes recaen tras dejan de fumar con un servicio externo, pueden no tener “a nadie” a quien acudir. Quienes recaen tras dejan de fumar con un servicio interno, siempre tiene el servicio al que acudir más asequible.

Lo ideal es que sean los servicios médicos de la empresa –o quienes los suministren– los encargados de la intervención: así queda gráficamente reflejado que la actividad se integra dentro de la política de promoción de la salud que la empresa realiza. Esto requiere una cierta formación por parte de los profesionales sanitarios, formación de la que frecuentemente carecen o han recibido de un modo inadecuado.

Aunque es lógico que existan unidades especializadas y profesionales con dedicación exclusiva al tabaquismo, lo más normal debería ser que lo relacionado con el consumo de tabaco y el tratamiento de la dependencia fuera llevado a cabo por los diversos profesionales sanitarios, integrados en las diversas estructuras que componen el sistema (primaria, laboral…etc.). No suele ser así en la actualidad, pero acabará siéndolo en unos pocos años (si nada evita el desarrollo de la aplicación coherente de cuanto hoy en día se conoce).

Lo más lógico, probablemente, sea formar adecuadamente en tabaquismo (suplir las carencias y rellenar las lagunas existentes de un modo apropiado) a aquellos profesionales sanitarios responsables de la salud de los trabajadores: servicios sanitarios de la empresa, las mutuas o aseguradoras que prestan los servicios correspondientes, o a quienes tengan esa función asistencial.

C. Ofrecer recursos con la finalidad principal de cumplir el expediente

En el campo del tabaquismo –al igual que en otros– la eficacia deriva de la profesionalidad. Si se considera conveniente o necesario acudir a servicios externos, lo lógico es encargar la intervención a quien pueda realizarla adecuadamente. Puede parecer paradójico, pero la experiencia muestra que esto no siempre es así.

En ocasiones –sobre todo en periodos pre-electorales– algunos organismos tienen el problema de que se ven obligados a justificar ante sus electores que han realizado actuaciones sobre algún tema relevante y sobre el que existe preocupación social (en los años 90 esto era muy típico en drogas, por ejemplo). Este hecho determina que, en esas circunstancias, lo más importante no sea hacer algo útil, que sirva, sino simplemente que se note que se ha hecho algo.

Esta tentación –lo más importante es parecer que se ha hecho algo– tampoco puede descartarse en este campo. Sorprendentemente, que lo realizado haya sido realmente útil o no, puede llegar a ser considerado como algo marginal; lo importante es que exista la percepción de que se haya hecho algo especial.

Con cierta frecuencia es posible encontrar trabajadores que se quejan –con fundamento, por los datos que aportan– de que la ayuda prestada no fue la más adecuada. A ello colabora el hecho de que, en este campo del tabaquismo, la profesionalidad –no infrecuentemente– se mezcla con el amateurismo.

D. Venderse a quien aparentemente es el mejor postor

NO TODOS LOS FUMADORES SON DEPENDIENTES DE LA NICOTINA (DEL TABACO)

Sólo por el hecho de fumar regularmente no se tiene una adicción, no se es dependiente del tabaco.

A un 10-20% de los fumadores les ocurre lo mismo que pasa a la mayor parte de quienes consumen bebidas alcohólicas: que pueden beber con más o menos regularidad, pero que no presentan problemas de alcoholismo, de dependencia. Es decir, estos fumadores son simplemente consumidores regulares de nicotina, que pueden dejar de consumirla cuando lo deseen.

Sin embargo, en el caso del tabaco, no es esto lo más frecuente: a la mayoría de quienes fuman suele sucederles que, algún tiempo después de intentar eliminar el consumo de tabaco, vuelven a sus niveles habituales de consumo; encuentran –y no por falta de decisión– notables dificultades para abandonar el consumo.

Éstos son los fumadores dependientes, que son los mayores en número y los que más ayuda necesitan.

Quienes son simplemente consumidores regulares de tabaco sin ser propiamente dependientes (o los que son poco o muy poco dependientes) responden a cualquier intervención que se haga en la empresa o a cualquier medida que se adopte o, simplemente, a nada. Lo dejan sin mayores problemas.

Este es el motivo de que, se haga la intervención que se haga en la empresa, siempre habrá algunos que dejen de fumar.

Para quien es dependiente, dejar de fumar no es cuestión de un momento: si bien una decisión se puede tomar en un segundo o menos, conseguir los cambios necesarios de conducta que conlleva una dependencia como el tabaquismo (extinguir asociaciones, desarrollar mecanismos de afrontamiento, reemplazar maneras de paliar déficits…etc.) es un proceso bastante más largo. Es un proceso de deshacer las costumbres y maneras de hacer aprendidas anteriormente, y de aprender otras nuevas. Este proceso, cuando hay una dependencia instaurada, lleva meses y, en ocasiones, más tiempo. Por ello, no se puede dejar de fumar en una hora.

Por esta razón, en tabaquismo –en todas las adicciones– la eficacia de un tratamiento se mide siempre con la tasa de abstinencia que se obtiene tras pasar, al menos, un año desde el inicio del tratamiento. Presentar resultados de otro modo es una manera engañosa de vender imagen y de jugar con las ilusiones de los fumadores.

En tabaco -y en otras adicciones- es prácticamente imposible conseguir una tasa de abstinencia continua al cabo de un año superior al 40%; es decir, que al cabo de un año el 40% de los que empezaron el tratamiento siga sin fumar. Puede no ser muy ilusionante para un gerente, un comité o para quien tenga que pagar una intervención, pero es así. Quien ofrezca tasas superiores, o no sabe lo que está haciendo o está engañando descaradamente: no hay más alternativas.

En el campo del tabaco, desgraciadamente, siguen existiendo charlatanes que ofertan eficacias mucho mayores, comprometiéndose a devolver el dinero...etc. Gran parte de la venta de imagen de este tipo de negocios consiste en dar apariencia de empresa seria y marketing agresivo…etc.

- No es difícil conseguir resultados que a la corta sean más o menos espectaculares.

- Las estadísticas siempre son fáciles de ser adecuadamente presentadas (suficientemente maquilladas). Por esto, no es infrecuente encontrar empresas serias –incluso financieras– que han invertido su dinero contratando servicios que emplean métodos que carecen de eficacia contrastada, por no decir métodos que nunca han mostrado una eficacia superior a la obtenida en el grupo placebo.

La evidencia científica, los datos contrastados y verificables disponibles, muestran consistentemente que en tabaquismo los mejores resultados los obtienen los profesionales; y, en concreto, aquellos que utilizan modalidades de tratamiento multicomponente; es decir, los profesionales de la medicina, psicología, farmacia y/o enfermería que emplean sistemáticamente no sólo un método sino un conjunto de técnicas, tanto farmacológicas como psicológicas y conductuales.

E. Sobrevaloración de lo que es una dependencia y de las necesidades que crea

Al dejar de fumar puede aparecer el “mono”, un síndrome de abstinencia. Se ve en la mayoría de los fumadores, aunque no en todos; en algunas personas es muy intenso y en otras muy ligero, apenas perceptible. Aparece 6-12 horas después del último cigarrillo, aunque en algunas personas hay síntomas que pueden detectarse con anterioridad. Alcanza su mayor intensidad alrededor de las 48-72 horas y remite bastante al cabo de dos semanas.

A pesar de que mucha gente –incluso profesionales sanitarios– cree que es así, el síndrome de abstinencia no es, ni mucho menos, el factor más importante de la dependencia tabáquica (ni de ninguna dependencia).

Lo propio de una adicción es que:

- Existe un consumo regular de una sustancia.

- Existe una disminución en el control del consumo de esa sustancia.

- La disminución o pérdida de control viene precipitada –desencadenada– por la aparición de unos estímulos concretos, estímulos que a lo largo del tiempo habían quedado asociados a la conducta fumadora.

Así, por ejemplo, el sabor, olor y vista de un cigarrillo, o de un anuncio, o las circunstancias presentes al fumar (amigos, una llamada de teléfono, una bebida alcohólica, una taza de café) o el ritual de obtener, manejar, encender y fumar el cigarrillo se vuelven estímulos que “señalizan” el fumar y que, por sí mismos, pueden dar lugar a deseos intensos y urgentes (cravings) de fumar, produciendo el consumo o aumentando las probabilidades de recaída.

Por ello, en el tratamiento del tabaquismo, al igual que en otras dependencias, lo básico es conseguir la extinción de estas asociaciones entre los diversos estímulos y la conducta. No es éste el único objetivo a conseguir en el tratamiento: existen otros importantes, pero entender bien la extinción de las asociaciones es clave para saber qué implica estar algún tiempo sin fumar.

Para la inmensa mayoría de los fumadores no es ningún sacrificio estar cuatro horas sin fumar; de hecho, casi todos ellos están todos los días de 7 a 9 horas sin fumar, durante el tiempo dedicado al descanso nocturno. En ocasiones, les costará más o menos, pero el problema nunca son las cuatro horas; mucho menos, si son dos horas.

En este sentido, las restricciones del consumo de tabaco en el medio laboral no son nunca una exigencia desmedida que se impone sobre unos pobres enfermos a quienes no les queda otro remedio que fumar. Salvo casos graves de patología psiquiátrica, por muy dependiente que se sea, todo fumador puede dosificar y controlar su consumo sin necesidad de realizar esfuerzos extraordinarios. El problema nunca es el síndrome de abstinencia.

En algunos casos, los fumadores pueden sufrir alguna incomodidad o tener que hacer algún esfuerzo adicional al mero hecho de ser contrariados en una costumbre.

Esto ocurre, por ejemplo, cuando quien fuma tiene asociada su conducta de fumar con alguna circunstancia laboral (como puede ser el ordenador, la cadena de montaje, la espera de un camión…etc.). En este caso el problema no son las cuatro horas: por poder, los deseos de consumir pueden aparecer cada diez minutos. Lo que debe hacerse es ir extinguiendo –por el desuso, por no fumar– esas asociaciones.

O también cuando la persona que fuma utiliza el cigarrillo para enfrentarse a estados de ánimo negativos (estrés, ira, frustración, tristeza, aburrimiento…etc.), que se producen durante la jornada laboral. Una vez más el problema no son las cuatro horas, sino el estado anímico, que puede aparecer en cualquier momento; en este caso el fumador debe desarrollar algún mecanismo alternativo de enfrentamiento a ese estado anímico negativo.

En definitiva, una adicción es un trastorno conductual, por el que se hace más o menos necesario un determinado consumo (fumar), ya que presenta algunas funciones adaptativas (manejo de estados de ánimo o situaciones concretas).

Al igual que en los trastornos impulsivos y en otras adicciones, la necesidad o urgencia de fumar no es algo absoluto, sino que varía según las expectativas o posibilidades de consumo que uno tenga. Esto es algo aprendido (“ya sé que ahora puedo fumar, ya se sabe que como aquí no se puede”…etc.) y, consecuentemente, puede ser re-aprendido sin dificultad.

Por ello, las ganas de fumar no han de ser vistas como un algo irremediable o como una situación cuyo manejo quede absolutamente fuera de control del sujeto: puede requerir una adaptación (una re-adaptación), pero ésta no suele exigir un esfuerzo extraordinario. Otra cosa es dejar de fumar definitivamente; en este apartado sólo se hace referencia a la dificultad de someterse a límites espaciales y/o temporales en el consumo.

F. Infravaloración de lo que es una dependencia: pensar que dejarlo es sólo cuestión de fuerza de voluntad

DEJAR DE FUMAR NO ES SÓLO CUESTIÓN DE FUERZA DE VOLUNTAD

Para dejar de fumar se necesita, por supuesto, querer dejarlo: hay que empeñarse en ello; hace falta realmente querer dejar de fumar: no simplemente desearlo o me gustaría. Si una persona no está empeñada en abandonar su consumo de tabaco, nunca estará en condiciones de hacerlo.

Pero esto sólo no basta: mucha gente con gran fuerza de voluntad es incapaz de dejarlo; también hay que saber cómo hacerlo. Se necesita adquirir un cierto control sobre los estímulos que precipitan el consumo y sobre las circunstancias que dan lugar a estos estímulos. A pesar de lo que muchos (quizá por experiencia propia o interpretación personal) puedan creer, el tratamiento de una adicción no consiste fundamentalmente en aguantar las ganas de fumar hasta que se pase el mono.

A quienes desean dejar de fumar se les aconseja en primer lugar que intenten darse cuenta de los estímulos o conductas que mantienen su consumo (con un auto-registro, por ejemplo). Después, se les ayuda a adquirir algunas competencias conductuales que les permitan enfrentarse a las circunstancias de riesgo o a los deseos intensos de consumir. El término “competencias conductuales” puede sonar técnico y sofisticado, pero se resume en tener previsto algo que se pueda hacer en aquellas situaciones en las que habitualmente se puede acabar fumando.

Hay personas que esto lo realizan espontáneamente y que refieren haber cambiado algunas de sus conductas simplemente porque consideraron que les ayudaría; algunas otras requieren un mínimo de apoyo o motivación externa; por último, otras personas requieren una ayuda más intensa y especializada.

A algunas personas -entre las que se encuentran muchas que consumían un gran número diario de cigarrillos- no les ha costado lo más mínimo dejar de fumar. Sin embargo, algunas otras refieren que dejar el tabaco es lo más heroico –y con diferencia– que han hecho en su vida; y esto no porque no hayan hecho nada. Fumar es una adicción y abandonarla puede requerir esfuerzos ímprobos.

En ocasiones, limitar el consumo también puede conllevar bastante esfuerzo. Por ello, aunque no conviene exagerar, al aplicar políticas de restricción de consumo de tabaco en el medio laboral, hay fumadores que se van a enfrentar a dificultades, al menos, inicialmente. La mejor manera de ayudar y mostrar comprensión con estas personas en no minusvalorar sus dificultades.

La dificultad en el abandono no se relaciona con el número de cigarrillos fumado. No es lo mismo fumar mucho que ser muy dependiente; tampoco es lo mismo fumar poco (o pocos) que ser poco o no ser dependiente.

Quien piensa “a ti, que sólo fumas cinco, no puede costarte” no es consciente de lo que es una adicción. Del mismo modo, quien piensa que “el que no deja de fumar, en el fondo es porque no quiere dejarlo” tampoco es consciente de las dificultades que puede comportar un trastorno adictivo y que van más allá del voluntarismo.

Otra frase, no inusual en labios de ex-fumadores, que muestra notable incomprensión es: “si yo he conseguido dejarlo, cualquiera puede hacerlo”. Este juicio frecuentemente refleja una cierta sobrevaloración de los esfuerzos propios y una infravaloración cierta de los esfuerzos ajenos. Nadie dice “si yo sobreviví al cáncer, cualquiera puede hacerlo”. Esto probablemente se debe a que se es consciente de que en ese caso la supervivencia no depende sólo de uno mismo.

Inadecuado enfoque del tabaquismo

subir