A. Mejora en expectativas y calidad de vida
El principal beneficiario al dejar de fumar es la propia persona fumadora,
ya que con ello disminuye su riesgo de enfermedad y muerte prematura,
percibiéndose frecuentemente también –aunque no siempre en fumadores
jóvenes– un incremento en su calidad de vida.
Desde un punto de vista económico, los efectos de las políticas sobre
consumo de tabaco deben calcularse en función de los años adicionales
libres de enfermedades relacionadas con el tabaco y sobre la calidad
de vida de esos años.
Los estudios muestran cómo las intervenciones destinadas al abandono
del consumo de tabaco alargan la vida y reducen el número de años vividos
con discapacidad.
En general, independientemente de la escala de valores que se considere,
no hay ninguna duda seria de que, desde el punto de vista de la salud
pública, los beneficios de las medidas de prevención sobrepasan con
creces los costes.
Por el número de horas que se dedican a la profesión y por la
repercusión que el trabajo tiene en la forja de la propia identidad,
se considera que el medio laboral es un espacio importante para desincentivar
el consumo de tabaco y ayudar a los fumadores a dejar de fumar.
B. Disminución de costes para la sociedad
Como
señala el informe del Banco Mundial de 1999, el cultivo y consumo de
tabaco ocasiona a la economía mundial más gastos que beneficios. Esto
es también aplicable a la mayoría de los países del mundo por separado;
la excepción son los grandes cultivadores, como Malawi y Zimbabwe (Banco
Mundial 2000).
Diversos estudios, entre los que se encuentra el citado informe del
Banco Mundial, señalan que la asistencia sanitaria relacionada con el
consumo de tabaco en los países de renta alta representa entre un 6
15% del total de los gastos sanitarios (Loddenkemper 2000, Welte y col.
2000).
El cálculo de los gastos atribuibles al tabaco es difícil y requiere
realizar varias asunciones y extrapolaciones (Miller y col. 1997). Se
requiere calcular el porcentaje de mortalidad y morbilidad atribuible
a cada enfermedad, así como los gastos directos que ocasiona
cada trastorno: los costes de la atención hospitalaria de larga duración,
la rehabilitación de los pacientes ingresados, el tratamiento ambulatorio
y los fármacos prescritos. Se requiere calcular también otros costes
indirectos, como los debidos a los días de trabajo perdidos, a la
jubilación anticipada o a los años de vida perdidos por muerte prematura
(Miller y col. 1997, Nusselder y col. 2000, Ruff y col. 2000).
Pueden también incluirse los gastos de atención médica asociados a la
exposición ambiental al aire contaminado por humo de tabaco y aquellos
–directos o indirectos– derivados de las consecuencias de la exposición
al tabaco de los niños antes de nacer (US Environmental Protection Agency
1994).
Si bien el consumo de tabaco conlleva una serie de gastos añadidos innegables,
la reducción de su consumo sólo produce beneficios económicos tangibles
a corto medio plazo, al igual que ocurre con otras intervenciones sanitarias
(vacunas, operaciones de cadera, unidades coronarias...etc.).
En economía sanitaria para determinar la eficacia de una intervención
se emplea la estimación de los costes de las enfermedades individuales
y no el coste que se produce por el hecho de vivir más tiempo (Raaijmakers
y van den Borne, 2003).
Por ejemplo, en la relación coste eficacia de un
programa de rehidratación oral en enfermedades diarreicas infantiles,
se tienen en cuenta los costes del programa y los ahorros que se derivan
de eliminar estas enfermedades y sus complicaciones directas. No se
incluyen los costes del sistema sanitario que se producen con motivo
de otras enfermedades que los niños puedan padecer cuando sean adultos
y que no se relacionan con la enfermedad objetivo del tratamiento. Por
el mismo motivo, tampoco se incluyen los mayores gastos educativos que
se derivan de la menor mortalidad infantil ocasionada por el empleo
adecuado de la rehidratación oral.
Si el objetivo último de las medidas sanitarias fuera la reducción de
los costes económicos, interesaría claramente no prolongar la vida –fuera
cual fuera su calidad más allá de la jubilación. Con esa visión reduccionista
las operaciones de cadera en mujeres post menopáusicas nunca serían
consideradas coste efectivas, a pesar de que mejoran grandemente la
calidad de vida de éstas y ahorran claramente los costes producidos
por la patología original.
Por ello, actualmente se considera que está fuera de toda duda razonable
que, aunque a largo plazo la reducción del consumo de tabaco
no diera lugar a una reducción global de costes sociales (que parece
no darla), sí que produce una disminución de los costes directos e indirectos
producidos por las enfermedades derivadas del consumo de tabaco, a la
par que aumenta la calidad de vida de la población.
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