Porqués ·2.1 - Por qué el tabaquismo pasivo es un problema
·2.2 - Por qué el tabaquismo activo es un problema
·2.3 - Potenciales beneficios de dejar de fumar
·2.4 - Medidas de control del tabaquismo
·2.5 - Beneficios de una empresa sin humo
Potenciales beneficios de dejar de fumar

A. Mejora en expectativas y calidad de vida

El principal beneficiario al dejar de fumar es la propia persona fumadora, ya que con ello disminuye su riesgo de enfermedad y muerte prematura, percibiéndose frecuentemente también –aunque no siempre en fumadores jóvenes– un incremento en su calidad de vida.

Desde un punto de vista económico, los efectos de las políticas sobre consumo de tabaco deben calcularse en función de los años adicionales libres de enfermedades relacionadas con el tabaco y sobre la calidad de vida de esos años.

Los estudios muestran cómo las intervenciones destinadas al abandono del consumo de tabaco alargan la vida y reducen el número de años vividos con discapacidad.

En general, independientemente de la escala de valores que se considere, no hay ninguna duda seria de que, desde el punto de vista de la salud pública, los beneficios de las medidas de prevención sobrepasan con creces los costes.

Por el número de horas que se dedican a la profesión y por la repercusión que el trabajo tiene en la forja de la propia identidad, se considera que el medio laboral es un espacio importante para desincentivar el consumo de tabaco y ayudar a los fumadores a dejar de fumar.

B. Disminución de costes para la sociedad

Potenciales beneficios de dejar de fumarComo señala el informe del Banco Mundial de 1999, el cultivo y consumo de tabaco ocasiona a la economía mundial más gastos que beneficios. Esto es también aplicable a la mayoría de los países del mundo por separado; la excepción son los grandes cultivadores, como Malawi y Zimbabwe (Banco Mundial 2000).

Diversos estudios, entre los que se encuentra el citado informe del Banco Mundial, señalan que la asistencia sanitaria relacionada con el consumo de tabaco en los países de renta alta representa entre un 6 15% del total de los gastos sanitarios (Loddenkemper 2000, Welte y col. 2000).

El cálculo de los gastos atribuibles al tabaco es difícil y requiere realizar varias asunciones y extrapolaciones (Miller y col. 1997). Se requiere calcular el porcentaje de mortalidad y morbilidad atribuible a cada enfermedad, así como los gastos directos que ocasiona cada trastorno: los costes de la atención hospitalaria de larga duración, la rehabilitación de los pacientes ingresados, el tratamiento ambulatorio y los fármacos prescritos. Se requiere calcular también otros costes indirectos, como los debidos a los días de trabajo perdidos, a la jubilación anticipada o a los años de vida perdidos por muerte prematura (Miller y col. 1997, Nusselder y col. 2000, Ruff y col. 2000).

Pueden también incluirse los gastos de atención médica asociados a la exposición ambiental al aire contaminado por humo de tabaco y aquellos –directos o indirectos– derivados de las consecuencias de la exposición al tabaco de los niños antes de nacer (US Environmental Protection Agency 1994).

Si bien el consumo de tabaco conlleva una serie de gastos añadidos innegables, la reducción de su consumo sólo produce beneficios económicos tangibles a corto medio plazo, al igual que ocurre con otras intervenciones sanitarias (vacunas, operaciones de cadera, unidades coronarias...etc.).

En economía sanitaria para determinar la eficacia de una intervención se emplea la estimación de los costes de las enfermedades individuales y no el coste que se produce por el hecho de vivir más tiempo (Raaijmakers y van den Borne, 2003).

Por ejemplo, en la relación coste eficacia de un programa de rehidratación oral en enfermedades diarreicas infantiles, se tienen en cuenta los costes del programa y los ahorros que se derivan de eliminar estas enfermedades y sus complicaciones directas. No se incluyen los costes del sistema sanitario que se producen con motivo de otras enfermedades que los niños puedan padecer cuando sean adultos y que no se relacionan con la enfermedad objetivo del tratamiento. Por el mismo motivo, tampoco se incluyen los mayores gastos educativos que se derivan de la menor mortalidad infantil ocasionada por el empleo adecuado de la rehidratación oral.

Si el objetivo último de las medidas sanitarias fuera la reducción de los costes económicos, interesaría claramente no prolongar la vida –fuera cual fuera su calidad más allá de la jubilación. Con esa visión reduccionista las operaciones de cadera en mujeres post menopáusicas nunca serían consideradas coste efectivas, a pesar de que mejoran grandemente la calidad de vida de éstas y ahorran claramente los costes producidos por la patología original.

Por ello, actualmente se considera que está fuera de toda duda razonable que, aunque a largo plazo la reducción del consumo de tabaco no diera lugar a una reducción global de costes sociales (que parece no darla), sí que produce una disminución de los costes directos e indirectos producidos por las enfermedades derivadas del consumo de tabaco, a la par que aumenta la calidad de vida de la población.

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